El #emf, (Edinburgh Marathon Festival) señalado en el calendario como el gran reto de 2015, superaba lo estrictamente atlético para abordar más que una maratón, porque el viaje y la estancia en Edinburgh, la ciudad adoptiva del Dr. Valero, bien lo merecía. Por tanto, y como dije en su momento, no sé si viajaba a Edimburgo y aprovechaba para correr su maratón, o viajaba para correr la maratón y de paso conocía una ciudad que me ha sorprendido gratamente.

A día de hoy, pasada una semana de la carrera, analizados los resultados y digeridas las vacaciones, puedo asegurar que estoy exactamente igual que antes de irme. No sé si fui a correr la maratón y conocer Edimburgo o al revés. ¿Y por qué no las dos cosas al mismo tiempo? porque he hecho las dos cosas y he quedado más satisfecho de las vacaciones en Edimburgo que de la propia carrera, ciertamente quite dissapointing. Así que, esta entrada sobrepasa lo estrictamente deportivo para adentrarse más en experiencias de un Fondista en Edinburgh.

Aterrizas en el Aeropuerto de Edimburgo y te dan la bienvenida a tierra de los scots y a Edinburgh un cielo cubierto, entre nubes y claros nada más bajar del avión. Al salir de la terminal del aeropuerto te das cuenta que ha empezado a diluviar. Sí, eso era así. Si vas a salir, va a llover, si te pones a cubierto, escampa. Variable. He conocido lo que es el tiempo variable y las cuatro estaciones en un día, que dicen de Edimburgo. El clima oceánico propiamente dicho. Temperaturas frescas para la época del año, con mucho viento (el factor temido) y lluvia-sol-nubes a partes iguales.

El caso es que habíamos dejado el verano de España para pasar a un casi invierno. No contaba con que fuera a necesitar un abrigo de verdad, de los de invierno. Contaba con que el día de la carrera podría llover, llovería antes o después. Carrera en mojado. Podría ser la primera vez. No me importaba demasiado en ese momento. Empezaba a disfrutar de la arquitectura y la estructura urbana de una ciudad extensísima, revestida de piedra y verde, mezclado con sus tonos grises y azules, dependiendo de las nubes que envían los vientos del NO-O.

Primeras impresiones: qué bonita se ve la ciudad. De camino al centro, claro. Eso solo un aperitivo. Había oído hablar de que Edimburgo es una de las ciudades más bonitas del Planeta. Había escuchado el apelativo de la Atenas del norte. Había escuchado hablar de su festival internacional de agosto. Había oído hablar de su castillo, de su Old Town, de su New Town, pero nunca imaginé una ciudad así. Escalonada, en diferentes estratos, que se va asomando calle a calle hasta verse coronar por su imponente castillo en una de sus elevaciones, en  Holyrood Park, con su Royal Palace of Holyrood:

residencia oficial de la monarquía británica en Edinburgh y cuyo más destacable inquilino es el famoso Arhur´s Seat. Antiguo volcán extinto, desde donde se pueden divisar una de las mejores vistas de la ciudad. Otro de los puntos relevantes es Calton Hill. Otro parque icónico al final de Princes Street (la calle por excelencia de la New Town)

 IMG_20150602_183602

La vista de Edimburgo desde cualquiera de estos puntos, desde la planicie de Princes, desde sus jardines, o desde cualquiera de las calles nuevas, en cuadrícula, plano ortogonal dieciochesco, te dan una panorámica bestial de la elevación de la vieja ciudad. Imposible transcribir en palabras lo que se siente al verlo. – ¿Habéis subido al mirador de San Nicolás en Granada y al llegar os habéis quedado fascinados de ver la Alhambra y los jardines del Generalife, enfrente? La sensación podría ser parecida-. No le hacen justicia las miles de fotografías, pero puedes hacerte una idea. Lo que sí queda es la imagen en la memoria. La idea de ciudad que tenía se superaba. Era más impresionante de lo que esperaba. Porque la ciudad está integrada. La vieja, la nueva, la turística, la comercial, la financiera. La que me esperaba era más de postal, más de museo, de no tocar. Pero para nada es así. Una ciudad Patrimonio de la Humanidad que conserva, ennegrecidas por la polución, sus joyas arquitectónicas, que son muchas y muy variadas. Harto complicado enumerar.

Y entretanto, a lo que iba encaminado en origen la idea del post, hablar de la carrera. Tan deseada, tanto tiempo esperando, desde que allá por el mes de noviembre decidiera inscribirme y correr por primera vez una carrera fuera de España y, lo que es más importante, mi primera maratón internacional, que sería la quinta desde octubre de 2013, la segunda de este 2015 y la cuarta en 13 meses. No está mal.

Para abrir boca, el viernes nos fuimos a echar un trote por The Meadows. Para conocer un poco de la ciudad y sus rincones para correr. El problema de esta pradera es que es atravesada por tráfico rodado y puede haber continuas interrupciones, pero te encuentras en un inmenso prado, donde solo ves verde, gente haciendo deporte, en sus diferentes disciplinas. Para llegar a The Meadows hay que ir por un estrecho camino paralelo al canal. Por donde compartimos pavimento, corredores, caminantes y ciclistas. Un remanso de paz de aguas tranquilas que invitan a correr. Un entrenamiento para soltar piernas previo a la maratón. Un par de rectas progresivas y de vuelta a casa por el mismo sitio. Las cuestas son la tónica general de la ciudad, pero para el domingo, parece que no nos esperan cuestas. Vamos por la costa.

Entre carrera y carrera, hay que hacer un poco de turismo gastronómico y cervecil, como mandan los cánones, claro. Y en eso anduvimos el viernes noche.

Para el sábado teníamos pendiente visitar Hollyrood, la Royal Mile, hacia abajo, hacia el Dynamic Earth, donde estaba alojado el marathon Hub, la feria del corredor, por llamarlo de alguna manera. Un fotocall con un escuchimizado pequeño que no pesaría más de 50 kg y que debía de ser fondista -seguro que lo era por la pinta-, recibiendo a los corredores. Una foto de “postureo”, vuelta rápida a la feria del corredor, que era un rincón del hall del Dynamic Earth, con su merchandising oficial, nada destacable, la verdad, y algunos stocks de prendas para correr. Vamos, peor que la feria del corredor del Bilbao Night Marathon.

IMG_20150530_122227
Eso sí, multitud de stands de las asociaciones benéficas que participaban en la maratón, porque la Marathon de Edimburgo tiene una parte de  “charity” y hay muchos corredores que la hacen para apoyar alguna causa benéfica, relacionada con enfermedades. No obstante, McMillan cancer support es patrocinador/colaborador del EMF. Tras la vuelta por los alrededores y puesto que se acercaba la hora de la cerveza, hicimos parada en un pub en Royal Mile para integrarnos en las costumbres escocesas.

 IMG_20150530_130737

Y como al día siguiente tocaba palizón, el sábado por la tarde lo dedicaríamos a descansar y cargar hidratos… Y bueno, podríamos decir que cargamos hidratos, cargamos de más. Y después habría que descargar.

Por tanto, tarde de aperitivos y un par de pintas en casa, mientras intentábamos ver la Final de Copa de España, con una consistente  y contundente cena a base de pizza. Demasiada pizza.

El domingo había que levantarse temprano, un poco más temprano que los anteriores días, tampoco tanto más: 6:30 suena el despertador. Hinchados todavía, sin digerir bien la cena. Desayuno que no entraba. Café + zumo  + tostada. Lo habitual. Nada nuevo. Poco desayuno quizá, dada la aventura que teníamos por delante.

Había estado lloviendo toda la noche. Al salir a coger el bus, las calles están mojadas y el ambiente fresco y húmedo, pero no llovía. Antes de las 9:00 estábamos en las inmediaciones de la salida en London Road. Colas para entrar a los wc portátiles. Había que pasar. Tocaba…

Uno de Bolaños en la salida. ¡Están en todas partes! Resulta que es otro exiliado en las islas… un par de comentarios entre nosotros y nos deseamos suerte. A las 9:50 h. estaba prevista la salida de la carrera. Por cajones, por colores. Nosotros, cada uno de un color, nos metemos finalmente en mi cajón. Caras sonrientes. No hacía tan malo como se pronosticaba. Al menos no llovía mientras esperábamos la salida.

IMG-20150601-WA0010

Nervios contenidos, la tensión normal antes de una maratón. Si no lo sientes, es que no estás vivo, repito. Y a las 9:55 empezábamos a correr, atravesando el arco de salida. Los primeros km eran tobogánicos. La primera milla la pasamos a la altura de Holyrood, bordeando Arthur´s Seat. Vamos cómodos, tomando posiciones y echando de menos ambiente en las calles. Vemos a españoles. Uno de ellos se nos une durante un pequeño tramo, dice que va a aguantar a otro ritmo. Vamos con la idea de correr siempre por debajo de 5:00 min/km. De momento tenemos que ir echando el freno de mano. Pero mal empezaba cuando estaba ya necesitando parar en los primeros km. Ni en Murcia, ni en Sevilla tuve que parar a orinar. Aquí sí. Pasado el km 5 tuve que meterme en uno de esos wc portátiles. Perdía un tiempo que recuperaba en el siguiente km. Lo peor no era eso, que son unos pocos segundos los que puedes perder. Lo peor es que como he dicho, cenamos demasiado y además, es que nos sentó mal la cena. Nos sentó mal a los dos y lo íbamos notando. El estómago se iba quejando y quedaba un mundo por recorrer.

Llegando a Portobello, a la playa, había algo de animación en el primer control de tiempos, (10 km) pero poca cosa. La mañana era gris y fría. Y salvo alguna vecina de la zona con un altavoz por el que sonaba fuerte y claro el “I would walk 500 miles” de The Proclaimers. Nos anima.  Y cuando nos animamos, aceleramos 😀

Bueno, sabíamos que el recorrido iba a ser por la costa, pero no sabíamos que iba a estar tan desértico el recorrido, con algunos puntos habitados. Pequeños que te ofrecían su mano para que les chocaras, give me five!. Y nos adentrábamos en la carrera, siguiendo con necesidad fisiológica. Escatologías aparte, era obligatorio parar. Y había que hacerlo sí o sí. No era negociable. Así que pasado el km 17 vimos la caseta de PVC que hacía las veces de WC. Hala, pues eso… otra parada. Parece que mejor y a seguir corriendo intentando prestarle atención al reloj para coger el ritmo óptimo y no querer recuperar los minutos perdidos antes de tiempo. Así que pasada la media maratón, nos damos cuenta de que estamos un par de minutos por encima de lo esperado. Mantenemos un rato el ritmo mientras seguimos carretera alante. Viento y frio. Empiezan a verse a los primeros corredores que vuelven. La carretera estaba dividida por conos para ida y vuelta. Outward – inward. Y nos quedaba un trecho para llegar a “finisterrae”. Cada vez se hacía más duro. El 24, el 25, el 26, pero seguíamos sin ver el giro. La carretera era un continuo falso llano y estábamos pensando que en la vuelta teníamos que volver por el mismo sitio en dirección contraria, picando para arriba y con viento fuerte que nos entraba por no sé donde, por todos sitios, porque estaba abierto. Veíamos el mar del Norte a nuestra izquierda según avanzábamos hacia el sur. A la altura del km 28 o así, entramos en la Casa de Campo de allí. Un bosque que recorres entre la penumbra del sendero arbolado y bordeando un palacio señorial del XVIII, Gosford House.

Pero voy más pendiente de las piernas de Kike (entiéndase), que empezaba a notar molestias, que del espectáculo visual. Aflojamos, a ver si cogemos un buen ritmo. Era importante no parar. Pero empieza a tener dolores. Me dice que me vaya. Intento aguantarlo y animarlo a que no se quede atrás, pero es su decisión y tampoco podía forzar, porque quedaba mucho. Quedaban 12 km. Quedaba lo peor, volver por el mismo sitio que habíamos llegado, desandar kilómetros para sumar. ¡Puff! Psicológicamente este tipo de carreras son duras. No me gustan. Pensé que el recorrido no sería exactamente el mismo camino que la ida, sino algo paralelo. Pero ver lo mismo otra vez, con todo ese viento que empezaba a restar, era duro. No estaba tan fino como se podría presuponer por los parciales. Intentaba coger buen ritmo. Adelantaba a mucha gente. Otros venían más rápido, de menos a más. Adelantaba a gente que nos había pasado en la parada de emergencia. Y así pasaban los km. Un rato mejor, otro peor, hasta llegar al km 37. El peor. El de siempre. Es mi peor tramo, del 37 al 39 aproximadamente. Lo pasé realmente mal. Se me iba el tiempo, no avanzaba. En un continuo tira y afloja, mientras se adivinaba por la gente que se asomaba a animar con su “all done” o “keep on going” que estábamos cerca de Musselburgh, la zona de meta. La chavalería ofrecía sus gominolas y las palmas de sus manos. En esta ocasión, cerca del km 40, decido coger una gominola, que me vino bien, porque lo estaba pasando realmente mal. Y me dije, antes de entrar en la localidad, que había que correr, que quedaban dos kilómetros y decidí cambiar el ritmo. No sé por qué, ni de dónde saqué las fuerzas, pero de un parcial de 5:46 minutos, me fui a los 4:30. Y me veía con fuerza y empezaba a emocionarme. Entrábamos en zona urbana e iba pasando a gente. Parece que el viento había aflojado, además, había cambiado de dirección. Así me planto en el último km acelerando un poco más. Había que darlo todo. Ya sabía que no iba a conseguir bajar de 3:30 h. Era consciente desde el km 32, porque entre el tiempo perdido (3 minutos) y las codiciones atmosféricas, había que haber corrido bastante más constante. No era el día. No se dieron los condicionantes ideales. El caso es que corrí el último km a un ritmo más propio de media maratón que de una maratón. Poco más 4 minutos en el último tramo. Agitando los brazos, animando al público, tímido, tras las vallas. Agitaba los brazos y los animaba a que aplaudieran. Me invadía una sonrisa que me llenaba de emoción al girar a la izquierda y entrar en la plataforma de entrada que cubría el césped del estadio. Eran los últimos 100 m. Se veía el arco de meta y veo a Mari Paz esperando entre el público. Saludo y sigo a lo mío, aplaudiendo y entrando en meta así:

http://streaming3.marathon-photos.com/video/Sports/CPUK/2015/Edinburgh%20Marathon%20Festival/AF3.mp4?start=16752&end=16772

Y mis fotos de la carrera  con marca de agua.

La 5ª estaba hecha. Cruzaba la meta exhausto, pero instasfecho. Medalla, bolsa, agua y “congratulations”. Me paro a estirar y a esperar a que llegue Kike. Me siento junto a un tipo británico, que llevaba el dorsal rojo y estaba estirando también. Le lanzo un espontáneo:

– Fucking wind.

– Yes. It´s Shit.

Y comenzamos una pequeña conversación sobre la carrera. Me pregunta que cuánto he hecho y que cuál es mi mejor marca en maratón. Le contesto y parece que nos vamos entendiendo, hasta tal punto que me pregunta que si Sevilla es más llana que Edimburgo. Le digo que sí. Intecambiamos algunas palabras más. Bueno, cosas de corredores en meta. Me acerco al foto-call, con la medalla colgada. Sigo sin ver a Kike. No sé cómo habrá ido, porque no tenía referencias. Hace frio y necesito abrigarme. Y estaba pendiente de una cosa y de la otra. Así que en mi afán por encontrar a Mari Paz, portadora de la ropa de abrigo, parece que nos cruzamos. Voy hasta donde la había visto en meta, no estaba. Había ido al encuentro de Kike, al meeting point. Allí nos vemos y nos felicitamos. Y nos abrigamos. Kike estaba disgustado, pero es que una maratón es una maratón. Y nunca sabes qué te espera en su salvaje kilometraje. No puedes hacer cuentas comparativas, porque ninguno es parecido, todos son diferentes. No sirven referencias. No del todo. Un maratón te pone en tu sitio. Si estás flojo, lo pagas. Si vas mal te hunde, si quieres levantar la cabeza te la vuelve a agachar. Y el éxito, se dice una y otra vez pero es verdad, es acabarla. Y si es con buenas sensaciones mejor que mejor. Y en este caso, las sensaciones no fueron óptimas. No disfruté lo que pretendía. Solo al final. Y los muchos factores que indicen en la preparación y en la carrera hacen que, a veces, se convierta en un quiero y no puedo. Pero es un maratón. Ya está. Lo hemos completado. Una convicción que compartimos de camino a finisterre, era que Edimburgo no se merece una maratón así. El recorrido es duro por cómo se desarrolla y por dónde y, si además, le sumas factores exógenos no controlables, pues más duro aún. Así que hemos de estar satisfechos, porque, a pesar de que Edimburgo la vimos a la salida y de paso, no estaría de más un pequeño recorrido en los primeros km por su zona más céntrica, aunque tenga alguna cuesta. Pero tanta carretera y manta pesa. Y la llegada a Musselburgh, pues sí, pero no. Me la esperaba mejor, sinceramente y por eso me quedé un poco frustrado y decepcionado en principio. Con el paso de las horas, se nos iba cambiando la cara. Costaba, pero habría que saber valorarla.

IMG-20150601-WA0009

Yo tenía mi 5 ª, él su 2 ª. Y a pensar en recuperar y en la siguiente: #ObjetivoValencia16.

No sé si antes habrá otra. En principio me planteo descansar de maratones por un tiempo. Es muy duro y exigente, no el hecho de hacerla, sino prepararla. Y acabar de una y meterte en otra conlleva un esfuerzo físico y mental  que acaba pesando.

Repones fuerzas, descansas. Y al día siguiente, con algunos dolores leves, a patear un poco Edinburgh. Porque quedaba mucho por conocer y por visitar. Y así apuraba los días, los largos días en las islas, que empiezan muy temprano y acaban muy tarde. Y entre buses, caminatas, fotografías, paisajes naturales y artificiales, pasan las dos últimas jornadas en Edimburgo, para volver con la maleta llena de recuerdos imborrables y de una maratón, que seguramente no vaya a repetir porque no es nada bonita, que analizada y puesta en valor, no ha sido tan mala. Mejor clasificación que en Sevilla. Esto tiene múltiples interpretaciones. Y es lo peor, quedarte con la sensación de que la maratón de Edimburgo no es lo que esperaba; la ciudad sí, más, de hecho. Así que el viaje ha merecido la pena. Y pienso volver. No sé cuando, pero voy a volver a Edimburgo. ¡Es lo que tengo claro!

IMG_20150602_184236

Gracias a Kike y a Mari Paz por una semana fantástica.  La recepción y hospedaje ha sido excepcional. Anfitriones de lujo para una estancia genial, como en casa. 😉

See you soon!

Anuncios