Historia y correr. Dos placeres. Dos pasiones convergiendo en un lugar simbólicamente escogido para dar nombre y renombre al Trail de los Castillos que con tanto mimo han preparado el amigo Fran y toda una pléyade de colaboradores y colaboradoras cercanas. Y es que, esta vez, y sin que sirva de precedente, me voy a extender un poquito en asuntos concernientes a la Historia de nuestro territorio.

El lugar escogido este año para la segunda edición ha sido el Sacro Convento de Calatrava la Nueva, ubicado impertérrito en lo más alto del cerro Alacranejo (¿no será porque pica como un alacrán en su espiral ascenso hasta su interior?) Un majestuoso complejo fortificado del siglo XIII que se erige a 900 m. de altitud y que domina la comarca calatrava, que salpica la finita llanura hacia sur-sureste con las primeras elevaciones de las estribaciones de Sierra Morena y que allá por 1217, tuvieron a bien construir frente al castillo de Salvatierra aquellos caballeros calatravos para guarecerse, orar y guerrear. En plena lucha en las fronteras entre al-Andalus y Castilla, tras las batallas de Alarcos (1195) – cuyas inmediaciones fueron escenario el pasado sábado del TBA y de Navas de Tolosa (1212). Tras la victoria cristiana en Navas de Tolosa, había que asentar posiciones y defender las tierras del interior. Esta comarca, paso natural entre la Meseta y al-Andalus, ha sido históricamente de gran valor estratégico desde época romana, pero su explotación se potenció en plena época de la llamada “Reconquista” cristiana de la Península. Tal es así, que el Sacro Convento de Calatrava la Nueva albergó la vida de una comunidad religiosa, artesanal y militar hasta el s. XIX. Una pequeña ciudad en lo alto del cerro. Cualquiera bajaba y, sobre todo, subía todos los días a comprar el pan y el vino al pueblo… Así que aquí fue, donde tras abandonar Calatrava la Vieja, los calatravos se asientan y hacen de su vida monacal y guerrera una poderosa institución de defensa de la fe cristiana.

La evolución de los reinos cristianos peninsulares desarrolla en nuestras tierras gran parte de su acción con escenarios donde se producen escaramuzas y operaciones militares que acaban configurando un nuevo mapa peninsular con el paso de los años. La presión de los reinos cristianos, repuebla estas comarcas, empujando al enemigo musulmán hacia el sur, recluyéndolo en los últimos resquicios de esa gran al-Andalus. 5 siglos de dominio en esta comarca nos deja el testimonio material de la existencia y presencia humana en la zona.  Y nosotros cambiamos las escaramuzas a lomos de caballos por trote cochinero monte arriba y monte abajo.

La carrera, además de servir como parte del entrenamiento del EMF (Edinburgh Marathon Festival), tenía como objetivo salir del asfalto y meterme en vena un poco de naturaleza primaveral, de la que inspira los sentidos. El esplendor de los verdes campos manchegos en un abril plagado de contrastes. Por tanto y como se suele repetir en este mundo del correcampismo o trail, a correr y disfrutar alejado de ritmos, medias y tiempos. Nada de eso. A correr por sensaciones, a andar cuando el terreno lo requiera y sobre todo a embriagarse de sensaciones. Y en esto cumplimos el objetivo a la perfección.

La carrera arrancaba desde el interior del recinto amurallado pasadas las 10 h de la mañana, toda vez que el señor autobusero puso en valor sus dotes como conductor kamikace subiendo las rampas hacia el castillo estilo rally. Los allí presentes llegábamos ya con el calentamiento cardiovascular hecho. Altos de pulsaciones, viendo tan de cerca los barrancos y precipicios que, desde la altura de los asientos del bus, bien parecía un vuelo en aeroplano, más que un viaje en autobús.

Dicho lo cual y antes de salir, una breve reseña histórica del lugar en el que nos hallábamos. Un señor nos hace un resumen de ochocientos años en apenas tres minutos. Unas instrucciones del Topo, uno de los organizadores, y echábamos a correr por el empedrado del castillo hacia abajo. ¡Menudo escenario para empezar una prueba! ¿Se puede pedir más? Más de dos kilómetros cuesta abajo para empezar y tomar los primeros senderos que nos adentraban en un precioso terreno de caminos marrones y pistas verdosas, salpicadas de matorral y jara en flor ambientando nuestro paso. Algunas casas de campo en los extremos del camino. Se respira paz y tranquilidad. Se divisa un valle verdoso y brumoso por la humedad de una mañana que prometía ser muy agradable. Seguimos nuestro camino el compañero Julián Gª y servidor, que no lo he dicho, pero nos buscamos para hacernos compañía y transitar los 27 kilómetros y pico con las mismas pretensiones. Al trote y al galope cuando se empinaba pa´bajo el camino. Al paso cuando lo hacía pa´rriba. Y así mucho tiempo, sin que nos faltara conversación. Pero ni un minuto callados. Y sin perder detalle del espectáculo visual con que nos deleitaba cada giro de cuello, a derecha e izquierda, y más conforme más ascendíamos. Y seguíamos diciendo que esto es diferente. Esto de correr por el campo es otro rollo, es otra historia. No tienes necesidad de exprimirte como en una carrera urbana, pero cansa. No sientes la necesidad de mirar el reloj. No tienes la presión de clasificaciones, ni de ritmos por kilómetro ni nada de eso. Que es muy lícito hacerlo, pero que no era la idea. Y en esto estábamos de acuerdo también. Y hablábamos de las diferencias entre estas pruebas y las grandes pruebas de asfalto, a saber: las maratones. Y las comparábamos con las ultras y me intentaba convencer para que me anime a hacer el Madrid-Segovia, ante lo que dije que no, que no está entre mis prioridades este año meterme más kilometrada. Que ahora mismo no me motiva un ultra… ahí lo dejo.

Bueno, que seguíamos el sendero que nos marcaban las balizas estacadas en el suelo y las cintas “abeja”. Y subíamos. La gente seguía corriendo, nosotros no queríamos correr siempre. A andar un rato, que queda mucho y hará falta energía. Parábamos en los avituallamientos, un poquito de agua, sales y a seguir a trote. Los primeros 6-7 km los habíamos hecho muy fáciles, pero teníamos que afrontar la parte más “dura” de la carrera, la subida hasta la Atalaya, a 1000 m. de altitud. La parte más elevada del recorrido y a la par, la más majestuosa y fascinante visualmente. Unas vistas desde allí arriba de toda la comarca calatrava, de una frondosidad típica de latitudes más altas, con una bruma y un frescor típicos de montaña. Y fíjate que apenas habíamos subido unos cientos de metros, pero parece que nos hubiéramos trasladado a otros lugares del septentrión lejos de La Mancha. Allí hacemos una parada técnica para reponer fuerzas con algo sólido: naranja fresquísima, chocolate con almendras, agua y más isotónico. Había de todo, dulce y salado. En algunos buffet libres de hoteles hay menos variedad para desayunar… Al poco vemos a Fran, repasando las marcas del suelo para que no nos perdiéramos. Nos hacemos una foto y seguimos cuesta abajo…

IMG-20150418-WA0003

Como tampoco íbamos a subir al podio esta vez, nos daba un poco igual tardar más y si teníamos que retratarnos en cada avituallamiento, pues oiga, para el álbum de carreras de 2015 que empieza a coger consistencia.

11136741_1616806118561302_1791011194358202849_n

Esto debía ser el km 20 aproximadamente, antes de hacer un giro a la izquierda que nos iba a llevar por un sendero empedrado cubierto por hierba hasta la parte trasera de Salvatierra. En ese punto ya nos dábamos cuenta de que tampoco íbamos a ganar la carrera. Y así se lo comentábamos a la reportera gráfica (a la espera de las fotos de la pequeña de la saga de los Fernández). Es entonces, atravesando esta parte del recorrido, cuando te cuestionas la insignificancia de tu ser. Lo que somos en comparación con lo que nuestros antepasados fueron, dejando como legado tales fortificaciones, no magistrales obras del arte universal, pero sí significativas obras de ingeniería militar. Nosotros corríamos por la parte sur del castillo de Salvatierra cuando me viene a la cabeza esa disertación sobre la insignificante levedad del ser. Te sientes tan pequeño y tan afortunado de poder disfrutar de estos parajes, que cuesta reparar en calificativos que representen lo que supone tal escenario.

La meta quedaba a la derecha, cruzando la carretera, pero nos quedaban unos 5 kilómetros (y pico) antes de coronar el “col du Alacranejo“. Y para darle un poco de emoción al final, en una zona de descenso poco pronunciado, nos debimos equivocar en algún punto del recorrido (esto es muy de Miguel) lo que nos hizo adentrarnos en un sendero, que no era tal, poco practicable, frondoso y pedregoso, que implicó un pequeño traspiés sin mayores consecuencias. Unos metros recorridos de más, hasta que nos percatamos de que la baliza se hallaba unos cientos de metros abajo. Volver al sendero oficial, tomar el camino bueno, cruzar la carretera y pensar que solo nos queda subir al castillo… tampoco era tanto. 2,5 km más cuesta arriba, ¿qué más daba ya? si tampoco nos habíamos exprimido. Tomamos el último aliento en el avituallamiento del inicio del camino del castillo y pa´rriba. Al principio se puede correr. Lo hacemos. El primer giro a la izquierda ya supone un castigo, así que, ya habrá tiempo de entrar en meta corriendo, si eso. Aquí alternamos las zancadas con los pasos. Antes de que nos demos cuenta estamos en el último giro del ascenso y vemos a la fotógrafa.

11141729_1616822181893029_3350556313322077555_n

Desde aquí, echamos a correr, porque, al contrario de lo que pensábamos el arco de meta no estaba dentro del castillo para alivio de Juli, sino en la explanada, donde entramos junticos, en armonía, para inmediatamente después darnos al comercio y bebercio. Una cervecica de las isotónicas y un buen taper de migas caseras de la Isabel… 🙂

Y a comentar la jugada con los paisanos Raúl, el de las agujas que quitan los dolores, y Alberto que habían llegado hace un rato. Disfrutábamos ahora, más relajadamente, de la panorámica de la zona. Y en la espera aparece el líder y dominador absoluto de todas las (dos) ediciones del Ultra de los Castillos: José Luis, que entraba en meta en 6 horas justas. 66 km en 6 horas. Una entrada muy emotiva que podéis ver aquí. Por cierto, que nuestro Miguelillo llegó en cuarta posición de la Ultra y Sagra fue 3ª en la modalidad por etapas.

Una jornada con la única pretensión de correr por el campo que salió a la perfección. Más de 27 kilómetros, con casi 1000 metros de desnivel acumulado. Menos duro de lo esperado, más bonito de lo esperado. Más fotos y más cosas del Trail de los Castillos en su Facebook

Anuncios