Me preguntaban el otro día, a raíz de este artículo, que por qué corría yo. Pues esto es lo que contesto a la gente que me pregunta o se pregunta por qué corro:

Algún libro, como el conocido “De qué hablo cuando hablo de correr” de Haruki Murakami, puede aproximarte a una idea de por qué. El caso es que expresar este tipo de sentimientos y sensaciones es complejo. Hay que vivirlo. Puede que seas capaz de entenderlo si has leído algunas de mis crónicas de las carreras que tengo en este rincón. Así, podrás hacerte una idea y puede que entiendas por qué corro.

En mi caso estaría más en una línea filosófica-biológica que antropológica. Más por salud mental y física que por puro acto social. Te aseguro que en mis intenciones primigenias no había nada de acto social en lo de correr, como dicen algunos artículos o comentarios. Pero sí que me influyó para ello ver reflejado en redes sociales, en aplicaciones como Endomondoque mis amigos corrían 8 kilómetros, a lo que yo decía que era una exageración. Hasta que un día de finales de agosto de, creo recordar,  2011 me puse a trotar después de un rato andando. Andar, trotar un poco, 200 – 300, quizá 500 metros. Y otro rato andando y al día siguiente otra vez. Así empecé, para intentar bajar mi peso, porque me sentía pesado, con una vida totalmente sedentaria. Me había pasado muchos años sin hacer actividad física. Postrado en una silla en la biblioteca de la UCLM buena parte del invierno anterior y me sentía mal conmigo mismo. Esa era la intención original. Además, resulta que mi jefe entonces, Juanma, asiduo a carreras del Circuito corría. Era habitual del Circuito. Yo le iba contando mis progresos y él me iba picando y proponiendo retos. Así que, junto con mi amigo Alberto, solíamos entrenar un poco para hacer alguna carrera. El primer reto, un 10.000 m en Daimiel. Era en diciembre. Llevaba tres meses corriendo.Y eso ya era mucho, muchísimo.Ese diciembre Daimiel cerraba el calendario de carreras populares de 2011.

La idea original no iba más allá de pura actividad física por bienestar. Lo de las carreras se convertiría en un modo de vida  con el tiempo. No en mucho tiempo, cuando te das cuenta que los beneficios que te reporta correr son, exponencialmente, mayores cuanto más te esfuerzas y más rindes. Esa satisfacción, las endorfinas liberadas, el aclararte la mente, el conocer tantos lugares corriendo, que de otra manera no conocería, el salir de la rutina diaria y convertir la carrera en rutina. Proponerte objetivos te hace ser más fuerte y esto me da mayor autoconfianza. Cada reto superado te inyecta un poco más de motivación.

Primeramente, acabar una carrera de 10 Km., que ves como un reto lejano y complejo, supone sentirte una especie de atleta incipiente. Acabas henchido de felicidad. Como si hubieras participado en tus particulares JJ.OO. Nada más lejos de la realidad. Ahora te das cuenta que eso que conseguiste hace 3 años, apenas sirve a nivel de atleta popular , pero sirve como punto de partida. Los dolores y agujetas de los comienzos van dando paso a mejor tono muscular, pérdida de peso, cambio de talla de pantalones. La ropa empieza a quedarte más “suelta”. Ya has empezado y no era tan difícil. Pasan los meses y te ves bien, mejor cada día. Con otro objetivo en mente, en apenas seis meses, con el típico, “tú puedes”: dar el salto a los 21 km. que suponen un espaldarazo definitivo de confianza, te hacen sentirte capaz. La confianza que te falta te la dan a tu alrededor. Tu pequeño mundo se amplia. Verte capaz de hacerlo, sin grandes alardes, ni pretensiones, desde lo cotidiano, con poco más que la ayuda de mi voluntad y de la motivación de mi jefe. Y eso es lo que me llevó a la Media Maratón de Almagro. Fue mi primera media maratón en mayo de 2012.

Poco después te das cuenta que quieres progresar y mejorar. Y te apuntas a un club, donde compartimos misma afición y modo de vida. Todos somos iguales. Tenemos nuestros trabajos, nuestras vidas, pero nos une la misma pasión, porque si hay un elemento fundamental en este mundillo, esa es la pasión. Si no hay pasión, no eres corredor. No vas a durar. Si no disfrutas corriendo, con el sufrimiento razonable que conlleva, no vas a seguir haciéndolo. Puedes probar y que te guste. Puedes correr y que te guste, pero si no te apasiona lo acabarás dejando. Desde mi experiencia, si no lo disfrutas, no vas a poder hacerlo. Puedes proponerte el reto de correr una maratón, pero si disfrutas, si te lo propones como reto. Porque los que la han hecho, pero no como diversión, acaban, en el mejor de los casos frustrados y se puede producir el efecto contrario, que lo aborrezcas. Así que yo corro porque me gusta correr, porque me divierte, porque me entretengo, porque conozco, he conocido y conoceré gente corriendo. Porque conozco lugares fascinantes, caminos polvorientos, ocres, amarillos, marrones o verdes. Escarchados y embarrados en el crudo invierno. Porque veo paisajes urbanos y rurales; el campo y el monte; las ciudades por las que paseo o viajo. Ahora concibo el paisaje urbano, como un cicruito urbano de caminos por recorrer. Parques que me hacen pensar, “qué sitio más bueno para correr”. Y me fijo por dónde corre la gente. No puedo concebir una ciudad y no imaginarme por dónde correr. Me pasa cuando he ido a Nantes o en Valencia o en San Pedro del Pinatar o en San José, o en Conil de la Frontera o en Gandía. Las zapatillas van siempre en la maleta. Y nunca estás solo. En todos los sitios he visto gente corriendo. Así pues, con tantos sitios para correr, con tanta gente haciendo deporte o actividad física, ya que es algo que traspasa fronteras y que pasa de ser una moda nacional por el contexto de crisis (habla el artículo de que, conforme la crisis golpeaba a más gente, más corredores había en las calles).

Hubo personas que se dedicaron a correr al quedarse en paro, otros que se compraron una bici, pero todos ocuparon su tiempo libre haciendo una actividad que le reportara algo de equilibrio y de entretenimiento, de tener ese momento de desconexión y de encontrarse consigo mismo que no se encontraría de otra manera.

Correr es una manera de vivir, es una manera de sentir, es una manera de enfrentarse a los problemas. O no. Eso depende de cada uno. Hay gente que lleva corriendo desde su infancia o adolescencia. Las dificultades se empequeñecen, los problemas son abordables. Lo imposible se vuelve posible. Es una lección de autoconvencimiento, también una medicina, la mejor. Cuando tienes la cabeza embotada, unos cuantos kilómetros te liberan. Si tienes dolor de cabeza, si estás acatarrado, quemar virus es el mejor analgésico. Y cuando estoy atrofiado, cansado, unas carreras y me entono. Y si entras en el mundo de la competición popular y ves que hay muchos que son como tú: unos con más experiencia y otros con menos, algunos que se creen (o parecen creerse) profesionales, pero todos vamos a lo mismo y solemos sentir lo mismo. Los dolores son efímeros, la gloria es eterna. Y esa gloria que te proporciona el cruzar la meta en tu objetivo es impagable, inenarrable, inexplicable. Es lo que te motiva para seguir adelante. Es la droga que te proporciona el éxito, porque aquí los éxitos no están restringidos a los ganadores, aquí cada uno tiene su éxito o su fracaso, marcado por sus pretensiones.

Yo corro porque aprendí a necesitarlo para poder sobrevivir. Corro por la gente que no puede hacerlo, corro por la gente que dice, dijo o pensó que no podría hacerlo. Corro por aquellos que te ningunean y escriben atrocidades en forma de artículos en prensa nacional o local, llamándonos temerarios. Corro porque me hace más fuerte, más libre y mejor. Mejor persona, con mejor corazón física y alegóricamente, más fuerte, de piernas y de mente. Más resistente al dolor. Desde que corro no enfermo (no mucho). Desde que corro he conocido a mucha gente que me aporta mucho, más que otra gente que conozco hace muchos años, pero cada vez me aportan menos. He hecho amigos, que son los beneficios colaterales de esta actividad. Hemos hecho familia, hemos conocido lugares y conoceremos lugares corriendo. Y habrá gente que te admire por ello. Pero esto no es de admirar, es de admirar, en todo caso, levantarme y seguir un día y otro. Y convencerte de que eres capaz de conseguir cualquier cosa que me proponga en la vida si creo en ello. Esto solo se aprende con constancia y sacrificio. Así que corro porque la vida necesita de lecciones que se aprenden, en mi caso, de esta manera, porque la vida al fin y al cabo es una carrera de larga distancia. No sabemos dónde llegaremos ni cuando. No nos hace falta ni pulsómetro, ni GPS para medir la felicidad que nos proporciona. Así que no sé exactamente por qué corro, pero sé por qué no dejo de correr:  porque no quiero sentirme muerto en vida.

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