Marcada en rojo en el calendario 2015 desde hace meses, para muchos, esta primera cita del año con el asfalto no era una más, era LA cita por lo que implica un acontecimiento de esta magnitud. Este día, 22 de febrero, suponía para la mayoría de los corredores populares un punto de inflexión en sus vidas deportivas, por todo lo que supone completar un maratón. Somos aficionados a un deporte que atrae a mucha gente y que te permite participar simultáneamente en la misma prueba con atletas como Pablo Villalobos, José Carlos Hernández, Martín Fiz, los kenianos sub 2:10 h., con las mujeres sub 2:30 h., como la ganadora Filomena Costa o Tsegaye Bekele, o Jelimo Too. Hacemos el mismo recorrido. Corremos en la misma “división”, no compitiendo con ellos, pero sí compartiendo experiencias con ellos. Esto solo se produce en el atletismo popular.  Además, y esto forma parte del mundo de los sentimientos, cruzar la meta en un maratón es una experiencia que se tiene que vivir para poder comprenderla. Todo esfuerzo debe tener recompensa y, a veces, la maratón te trata mal, muy mal, pero si la respetas, si no le tienes miedo, te lo pondrá difícil, pero esa dificultad potenciará el éxtasis al vencerla.

Así que, en grupo, unos cuantos Fondistas nos dispusimos a viajar hasta Sevilla para correr por sus calles. Una ciudad como Sevilla para nosotros. Algo al alcance de pocos, de muy pocos. 42 km para nosotros por sus calles, por el centro de la ciudad, un domingo de invierno, con temperatura perfecta para correr y arropados por los sevillanos y el resto de los acompañantes de los corredores que se congregaban en puntos estratégicos del recorrido.

Llegamos el sábado al mediodía a la Feria del Corredor en el FIBES.

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Los Fondistas en la Feria del corredor.

Primera inspección del lugar. Recogida del dorsal. Nos juntamos un grupo de 7, que nos unimos para llenar el buche en la “comida de la pasta”. Macarrones con tomate y queso, fruta, yogur y bebida. El ambiente es muy distendido. Agradable, como la tarde, soleada y calurosa tarde de febrero. Tras la comida y después de pasar por el hotel, un paseo por el centro de Sevilla. Campana-Sierpes-catedral, previa vuelta gratis en dirección contraria cortesía del “brújula” (yo mismo). Eso, de gratis. Ambientazo por las calles. Mucha gente. Restaurantes italianos completamente reservados para cargar los depósitos de carbohidratos. Así que nos quedamos frente al hotel, en un restaurante-cafetería que nos serviría pasta “si queríamos”. Cena sosegada, paseo para buscar un postre dulce que se nos antojó a un par de nosotros y para el hotel. A soñar con la carrera, el que pudiera dormir… A las 7:00 habíamos quedado en el hall del hotel para desayunar Miguel, Casimiro y yo. Café con leche y tostada con aceite. Una cafetería que, a las 7:00 de la mañana, en lugar de encontrarse a zombis trasnochados, reunía a personas de diferentes puntos de la geografía europea, con caras de circunstancias mezcladas con ojos brillantes, ilusionados a la par que temerosos ante el reto que se avecinaba. Mezcla de sentimientos que se han de tener en este tipo de situaciones. Y el que diga que no siente ese cosquilleo, esa intranquilidad en la cama, que te hace dormir poco y regular, el que duerme,¿verdad, Casi? ;-), una de dos: o miente, o no es humano.

Tras el desayuno nos vamos para el hotel, ultimamos detalles, preparamos lo que nos falta y nos vamos. 7:30 h. Buscamos un taxi. Frente al hotel tenemos una parada de taxis. Nos subimos los cuatro que compartíamos hotel (Andrés, Casi, Miguel y yo). “No hace falta decir dónde vamos, ¿verdad?”, le digo al taxista que, inmediatamente, dice que se nos nota. Sabe qué dirección tomar. Así que en marcha hacia al Estadio Olímpico de la Cartuja. Sevilla se despertaba con 8 ºC, según los termómetros callejeros. Una procesión de caminantes ataviados con sus bolsas naranjas se divisaba desde el puente de la Barqueta. Llegaban taxis, buses y caminantes. Entramos al Estadio, previa pose para foto. Nos acicalamos: las cremas, la vaselina (para evitar las rozaduras), la barrita de cereales, el trago de agua e isotónico, el plátano, etc. Pasan las 8:30 h. Se iba a cerrar el guardarropa. El speaker nervioso porque aún veía a mucha gente en las galerías del estadio y nos instaba a que nos fuéramos hacia la salida, a un kilómetro. Listos para irnos al trote hacia la Av. Carlos III, desde donde arrancaría la prueba. Apenas 15 minutos para las 9:00 y en las inmediaciones de la salida suena Platero y Tú- “Alucinante” (las canciones son atemporales y son moldeables a nuestras emociones y nuestras percepciones. Son interpretables). Pues eso.

Vallas que separan los dorsales por tiempos estimados. Me meto en el cajón de las 3:15-3:30 h. Ahí nos quedamos los cuatro, sin apenas espacio para movernos, haciendo algunos ejercicios de contención de nervios. Miguel, en un episodio histórico, llevaba sin hablar desde que habíamos llegado al estadio, síntoma inequívoco de que se acercaba la hora definitiva. Media hora callado y lo que le quedaba. Se le notaba la tensión y el temor del debutante. Casimiro tampoco hablaba mucho. La idea de carrera estaba hablada. Faltaba cumplirla.

A las 8:59 h. da comienzo la maratón en sillas de ruedas. Suena AC/DC. A las 9:00 h. pistoletazo de salida. Tardamos en salir más de un minuto. Vamos escalonados. Ya estamos en faena. Toca centrarse y controlarse, no dejarse llevar por una inercia de carrera inapropiada. El contrato de permanencia del grupo estaba firmado hasta el km 28-30, ahí el que pudiera que corriera. Amplias avenidas, cabemos todos bien. No hay apreturas. Vamos cogiendo el ritmo óptimo y seguimos sin escuchar a Miguel. Llegamos hasta donde están Santi y Marcial, por la calle paralela, se cruzan para saludarnos y mandar un recadito: “Málaga, Málaga” (el sábado había perdido el Barcelona ante el Málaga). Ellos tienen otra estrategia de carrera. Apenas recorremos juntos unos cientos de metros. Los primeros Km. nos llevan hacia Triana, desde ahí cruzamos el río. Espectacular panorámica mirando hacia la izquierda, rio arriba. Vamos hacia la Torre del Oro y Real Maestranza.  Empieza a verse gente en las zonas monumentales más destacadas. Primeros ánimos de los familiares y amigos. El ritmo es cómodo, pero en cuanto nos descuidamos y nos emocionamos, nos aceleramos y tenemos que ir con el freno de mano echado para no derrochar fuerzas que nos harán falta después. Una carrera de fondo requiere cabeza y saber estar, no solo piernas. Y cuando las piernas te piden correr, tienes que saber decirles que no. Ahí nos manejábamos bien. Agrupados, con algún desperdigado en alguna ocasión (necesidades fisiológicas). Vemos a paisanos, conocidos del Circuito de Carreras de Ciudad Real, del GPH Polideportivo, de Bolaños, de Criptana y del ALA 14, Carlos, el presidente. Entablo conversación con él durante unos minutos. Hasta antes de llegar a la Macarena. Cosas de las carreras, ya ves. No me quiero quedar atrás y me sumo al trío que marchaba unos metros por delante. Se empieza a ver gente en los dos lados de la acera y algún vecino de la zona que, lejos de perder su rutina dominical, decide mantener su paseo por el medio de la carretera, con su periódico y su bastón ante los gritos de “¡¡Cuidado, cuidado!!”. Un anciano, lento, poniéndose en riesgo y poniéndonos en riesgo. Lo sorteamos y seguimos. Acelero, me voy detrás de los compañeros y el ambiente empieza a crecer. Gente agolpada en las inmediaciones de la muralla, multitud que nos jalea, lo que desata las primeras emociones (como esa llegada a Puerta del Sol por Preciados y subida por C/Mayor en Madrid, Kike, así un estilo). Casimiro dice que eso le emociona. Claro, normal. Te pone los pelos de punta. Llevamos ya unos 15 Km. del recorrido. Son todo calles y avenidas anchas. En el paso por la media maratón un arco de control y un speaker que nos dice que estamos en la media maratón y que lo tenemos “chupao ya”. 1:44:02 al paso por el 21,097 Km. No está mal. Estamos en el tiempo estimado.

Ya hemos hecho media carrera, ahora empieza la segunda parte, la buena. El grupete de cuatro se iba estirando. Miguel Cepeda amaga con quedarse un poco atrás, pero lo vemos si echamos la vista atrás. Nos controla visualmente. Le decimos que se junte.  Vamos dándonos relevos. Pasa uno, tira un poco, pasa otro, tira otro rato y así nos plantamos en el km 25 y llevamos 2:05 h. de carrera. A las 11:00 h. 16 ºC marcaban los termómetros al sol. Seguimos bien. A la espera de noticias del “tío del mazo”. Hasta el km 28 aproximadamente el contrato de permanencia se mantuvo. En estos kilómetros le iba comentando a Andrés que los aplausos del público sonaban muy bien. Qué acompasados aplauden los sevillanos, de verdad, sin guasa. Se nota su experiencia en el palmeo (toma una de tópicos). Suenan al unísono, cuales Cantores de Híspalis. Alguno se arranca a zapatear. Un espejismo, menos mal.

Andrés, Casi y yo en el grupo, unos metros atrás, rezagado, Miguel. Al paso por el km 30 le digo a Andrés: “niño, que llevamos 30 kilómetros y mira cómo vamos”. Seguíamos por debajo de 5:00 el km y con buenas sensaciones. Yo estaba esperando que me llegara el punto crítico. Mientras tanto, un poco de ánimo: “vamos, chicos, que nos queda una horita solo”. Y me dicen por ahí que eso no anima nada. Llevábamos casi 2:30 h. corriendo y, ¿nos iba a importar una hora más? Nada de eso. Ya estaba lo gordo hecho. (Esto era para moralizar, porque quedaba lo peor, pero eso no se dice, aunque se piense).

Llegamos al Villamarín. Giro a la derecha, Av. de la Palmera y otra recta larga. Aquí había menos público. Hacía calor. En Sevilla hace calor hasta en febrero. Casi dice que si llegamos así entramos juntos en meta. Nos aproximamos a uno de los puntos visualmente más impresionantes. Parque de María Luisa y Plazaspaña – que dicen los sevillanos que se dice así. Que nada de Plaza de España…

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Entramos en el parque. Km 35 y Casi que dice que toca correr. Bueno, no lo dice, lo hace. Andrés intenta seguirlo al entrar en la espectacular Pza. de España de Sevilla, con una gran cantidad de público y una batukada que sonaba muy bien. Vuelta al ruedo. Quiero seguir a Andrés, que va a por Casi, el ritmo sigue siendo bueno, pero el suyo es más alto. Mantengo contacto visual. Salimos de María Luisa y vamos hacia la zona de la catedral. Se estrecha el sendero, demasiada gente en los dos lados, muchos corredores. Quiero correr más que ellos y, por momentos, me quedo bloqueado. Zigzagueo buscando con la vista camisetas blancas. Pierdo de vista a Andrés. Ya hemos pasado la Catedral y el paso sigue siendo estrecho. Esta zona es un pasillo en el que se va abriendo la gente para que pasemos los corredores. Adelanto a mucha gente en este tramo, pero también me pasan. Sigo a lo mío. Apenas me doy cuenta de lo que marca el reloj. Veo, pero no miro. Quiero llegar y alcanzar al compañero, cada vez más lejos. Las cuentas, no obstante, me salían. Desde el km 36 iba descontando. Quedaban 6. Eso era una media hora aproximadamente. El paso por la catedral es igualmente impresionante. Entre los raíles del tranvía nos movíamos intentando llegar cuanto antes al final. Veo al fondo a Agustín. Una referencia cada vez más cercana. Pesaban los kilómetros, pero no decaía el ritmo. Subida por calle Tetuán, Campana a la derecha, Pza. del Duque, paso por el hotel, sobre el km 38,5 y,  justo ahí, alcanzo a Agustín. Le digo que se enganche, me dice que siga yo, iba acalambrado. Llevo buen ritmo subiendo por Trajano hasta la Alameda de Hércules por las calles más estrechas del recorrido y ves cómo hace mella la distancia. Mucho público en estos últimos 5 km., hasta el 40. Adelanto a un paisano de Bolaños. “Vamos, Bolaños, que ya estamos”. Más adelante, en la calle Calatrava, que picaba para arriba, paso a uno de Criptana: “Vamos, Criptana, que llegamos”. Son ánimos reflexivos, es decir, los das para animarte tú también. Pero ya cuesta mucho, mucho. Desde el km 39 iba decayendo el ritmo. No había tenido pájara, pero me iba de ritmo, llego al Puente de la Barqueta, km 40, cruzamos el rio  y giro a la derecha, dejando Isla Mágica a la izquierda. Aquí no queda mucho público, porque o se habían ido para la meta (los familiares y amigos), o estaban por el centro. Dos kilómetros solo, solo dos Km. Sigues recogiendo cadáveres de la maratón que van andando, o que se paran. Tú eres un cadáver para otros, que te pasan fugazmente, acabando fuerte su carrera. Me da igual. No lo pienso. Me da igual. Voy a acabar mejor de lo esperado. Cerca del km 41, un hombre en bici pregunta que a cuánto tiempo vamos. Digo que a 3:25 o 3:26 h. Se ve al fondo el estadio. No hay fuerzas para más. Menos mal que no hay que bordearlo, vamos directos hacia él. Km 41,5 se enfila el estadio por el túnel Sur. Se pasa por debajo y entramos al estadio. Cambio radical de luces. Del sol a la penumbra. Medio mareado de tan repentino cambio, flasheado, salimos al km 42. Yo no lo veo. No veo los puntos kilométricos. Aprieto los dientes un poco más. Media vuelta al estadio. Tribuna de meta con mucho público. Recta final, acelero, ahora sí. Lo poco que me queda lo dejo en la llegada. Veo cambiar el crono de 3:28 h a 3:29 h. Pero es tiempo oficial desde el pistoletazo. Levanto los brazos, me señalo a mí mismo. Cruzo el arco de meta. Ya está hecho. Hemos acabado. ¡Bien! Levanto la vista. Busco a Casi y a Andrés que han debido de llegar. No los veo. Vamos para delante, me cuelgan la medalla. Quiero agua. “Más adelante” me dicen y aquí y ahora somos un desfile de moribundos atletas embriagados de éxtasis, buscando el equilibrio del suelo y de las manos en las rodillas, encontrándose consigo mismos. Es mejor no pararse. Seguir caminando un poco. Eso hago. Tenemos que seguir por las galerías interiores del estadio hasta el otro extremo. Allí nos dan agua y la bolsa con fruta y con Powerade®, una coca-cola®, una cerveza con limón (Radler®), y un trozo de pizza. Todo es poco. Bebo y como. Busco a los compañeros. Todos somos amarillos ataviados con un trozo de plástico a modo de manta. Hacía frio en el túnel. Salimos al sol. Reguero de corredores por todos sitios tumbados al sol, estirando. Decido pararme, estirar, esperar. Siguen sin llegar ni Casi, ni Andrés, ni Miguel, ni Marcial, ni Santi. A Agustín lo había visto de refilón, pero tampoco lo encuentro. Así que decido irme hasta el guardarropa. Allí seguro que nos encontramos. Y allí coincidimos. Momentos de abrazos y de enhorabuenas:

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Junto a Miguel y Andrés. Mala cara que tenía Miguel. Mucho sacrificio. Mucho esfuerzo. Mucha satisfacción.

Hacemos tiempo para intentar juntarnos. Era complicado. Habíamos salido más de 11.000 dicen. Llegamos muchos, muchos. Seguían llegando. Lo de después ya no tiene demasiado importancia. La carrera había acabado. Habíamos completado una mañana excepcional por una ciudad maravillosa que se volcó con los corredores, con una magnífica organización, dicho sea de paso. Los sevillanos y los llegados de fuera, todos nosotros, hemos hecho de esta carrera una maravillosa manera de vivir una nueva experiencia.

El resumen estadístico en garmin y los tiempos oficiales y clasificación.

Ahora, descanso y recuperación. En tres meses escasos, en 14 semanas tenemos otro nuevo reto: EMF con Kike.

El trofeo, para la colección de
El trofeo, para la colección.

P.S. Edito para añadir un detalle. Le gané a Pablo Villalobos. Tú ya sabes lo que quiero decir, Enrique.

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