Ciruela, ese lugar que transmite, al mismo tiempo, sosiego y una extraña sensación que te produce un lugar (semi)abandonado, en ruinas, en el que el paso del tiempo se ha detenido, y te ves envuelto de un halo de misterio provocado por piedras que quedan en pie de las ruinas del castillo, de las tierras agostadas, segadas, donde antes hubo verde, ya no queda nada más que polvo y caminos. Caminos que decidimos recorrer con un propósito: hacer una ruta circular, que nos llevara desde Ciruela hasta Ciudad Real, desde allí a Alarcos, pasando por Poblete, antes de regresar al punto de partida.

El plan era correr para después cenar, previo baño; la sobremesa fue improvisada. Nada podía salir mal. Placeres de la vida unidos, concatenados y bien organizados. A las 20:30 todavía hacía mucho calor. Ha llegado la temperatura normal para esta época del año en La Mancha. Así que hicimos un poco de tiempo en “Villa Marcial”, mientras nos acicalábamos los tres que finalmente acudimos a la cita,  Pedro, Marcial y servidor, tras el descalabro y las bajas de última hora de los que dijeron que vendrían y se arrepintieron (pues vosotros os lo perdisteis) 🙂

Sobre las 20:45, con el ocaso del sol y esperando la salida de esa luna llena espectacular, que nos guió y acompañó en la soledad de los caminos y la nocturnidad con la que contemplar esta comarca volcánica , sus cerros y sus minas abandonadas, sus ruinas históricas con la complacencia de la temperatura que no nos quiso asfixiar con la que parecía que habíamos pactado una tregua.

Los primeros kilómetros, saliendo de Ciruela hacia la Vía Verde de Ciudad Real, fueron de conversación animada, cruzándonos con algunos corredores y caminantes, y algún ilustre Tuercelindes (Jose Arias) que volvía hacia CR, mientras nosotros dábamos la vuelta para tomar la Colada de Alarcos a Miguelturra, que nos haría cruzar la carretera N-420, en la Poblachuela, que es algo así como el Beverly Hills de la Mancha. Chalets imperiosos, ambiente piscinero de verano, olor a barbacoa,  un aliciente más. Ya nos imagínábamos lo que nos esperaba a la llegada a “meta”. Pero antes teníamos que sudar y esforzarnos. No habíamos llegado a la mitad del recorrido cuando empezaba a anochecer y atrás quedaban las fincas rústicas con sus piscinas y sus chuletas, mientras nosotros subíamos por la Fuente del Arzóllar hacia Alarcos. Primer tramo suave, últimos 50-100 m.  duros,  yo creo que será tipo Angliru.

[Ahh, aquí hago un paréntesis para contar que lo mejor de todo es que mi mochila de hidratación, se deshidrataba. A la que se empinaba el camino, notaba la espalda y las piernas frescas, húmedas. No hacía tanto calor para sudar tanto. Palpo y noto humedad excesiva en la mochila. Paro, abro, compruebo que está bien cerrada la bolsa de agua y sigo. Pero algo va mal. El agua chorrea, no me queda más que parar en plena ascensión por segunda vez. Saco la bolsa y estaba perdiendo agua por un lateral (menudo plan). Bebo todo el agua que puedo hasta que vacío el depósito, por lo menos no se echaba a perder todo el líquido elemento. Así que me quedaba la mitad del recorrido, sin agua propia, pero con la generosidad de los compañeros,  no habría problema. Además, las fuentes del camino nos aliviaban la paliza.]

Una vez llegados a la cima de Alarcos, mientras Marcial y Pedro me esperaban, tras el incidente del agua, enfilábamos la bajada hacia Poblete, con un panorama espectacular. A la izquierda una luna llena que iluminaba lo suficiente para poder llevar los frontales apagados; a la derecha el castillo, la ermita y las ruinas de lo que en su día fue  un punto clave en la historia de la Península Iberica,  donde la “Reconquista” sufrió un serio revés. Se conoce que el mes de julio gusta a las gentes para hacer guerras desde tiempos (in)memoriales, con el calor que hace por estos parajes.

¡Cómo estamos disfrutando!”, “todo esto es nuestro, para nosotros solos”, que decíamos. Lo dicho, ver sin luz artificial en una noche de verano por Alarcos, es algo que se tiene que experimentar. t

Por otra parte, tampoco es que fuéramos de paseo. La primera mitad de la ruta, no la hicimos despacio, a partir de aquí, ya el cuerpo pedía tregua, y chicha: ésa esperaba en casa. Seguíamos cuesta arriba hacia Poblete, pasamos por Villadiego,  (que no las de Villadiego), pero estaba cerrado, y no pudimos pillar el queso. A lo lejos se veía iluminada la ermita de San Isidro de Poblete, donde teníamos que subir si queríamos premio. Allí nos dirigíamos. Últimos Km, con una subida que no está mal para llevar ya 25 Km. Paramos, hacemos interrumpir la cena de una pareja para que nos hicieran un par de fotos:

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… y continuamos cuesta abajo, para intentar llegar cuanto antes al final, puesto que ya pesaban las piernas. Al cruzar el puente de las vías del AVE, a la altura del final de la Vía Verde, está el Pardillo. Por allí sufrimos un pequeño susto. El panorama era el siguiente: tres tíos a oscuras, corriendo, y dos o tres perros que empiezan a ladrar, también a oscuras. Pues imagínate. De repente nos paramos los tres. Los perros no estaban solos, afortundamente. Estaban de paseo con sus dueños que reaccionaron a tiempo, para sujetarlos. Porque eran dóciles, menos mal, porque nos pilló ahí un poco a traspié, y nos llevamos un sustejo. (Resulta que la dueña era la prima de Marcial.)  Vuelta a los caminos para subir un par de repechos, que nos llevarían definitivamente hacia Ciruela poco antes de la medianoche, a ritmo de trote cochinero, con dolores y pesadez de piernas, deseando llegar. 30 Km. justos, para acabar la ruta y después:

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Ruta en Garmin. Para repetir. ¡La ruta, también!

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