BILBAO NIGHT MARATHON 2013. 19 octubre.

Cuando uno era joven y veía a esos esqueléticos atletas, por la televisión, que corrían por las calles de las ciudades más importantes, en los JJ.OO. o pruebas que no sabías a qué correspondían, pensaba siempre que era imposible correr tantos kilómetros. Pensaba siempre en la distancia de la maratón y lo comparaba con la distancia que hay desde tal sitio a tal otro, que son esos kilómetros. Y entonces siempre me repetía lo mismo. Eso no puede ser. Qué locura.

Cuando uno empieza a correr, no se pasa por la cabeza a priori, nunca, correr una maratón. Empieza a correr porque sí, por salud, por entretenimiento, por hacer algo de deporte, porque es lo más fácil y no necesitas a nadie. Nunca piensas en que puedas correr 42 Kms., porque ni siquiera crees que puedes correr de seguido 5 Kms. Con el paso del tiempo, de los entrenamientos, tus objetivos se te van haciendo más fáctibles, y lo que antes era “imposible”, ahora se convierte en un por qué no.

El compañero Marcial y servidor decidimos en junio, durante el viaje a la Media Maratón de San Pablo de los Montes, que estaría bien eso de correr una maratón nocturna. Y Bilbao nos ofrecía la posibilidad de hacerlo. Buena fecha, octubre, buen lugar. Para él, sería su decimonovena maratón y nunca había hecho Bilbao, para mí, mi primera. Yo quería debutar en la distancia de Filípides en una grande. Una carrera con ambiente, con muchos corredores, con animación, Aprovechar la coyuntura y salir de casa, con todos sus pros y sus contras, porque correr en casa y debutar cerca de los tuyos estaría bien, pero se me antojaba complicado aguantar la soledad del corredor de fondo por esas inhóspitas calles de Ciudad Real y su polígono industrial, carretera arriba y abajo hacia Miguelturra, mientras sufres en silencio la carga de los kilómetros del Quijote Maratón

Así que, antes de saber que coincidían en fechas, nos pusimos como objetivo la fecha del 19 de octubre. 4 meses de mentalización y preparación, que realmente comenzó en julio, con la canícula y las complejidades de entrenar en verano. Después de 1200 Km entrenando con la vista puesta en Bilbao, llegó la hora de debutar.

Salíamos de casa el sábado por la mañana temprano, para poder llegar a Bilbao con antelación. En la maleta, aparte de las zapatillas y todos los cachivaches del correr, iba llena de nervios, ilusión, objetivos disimulados, la carrera grabada en la mente de un iluso que se creía que, aun sufriendo, esto de correr un maratón era cosa de entrenar, muchas ganas y ya está. Pero ahora sé que es tan complicado saber qué nos deparará el asfalto durante 42,195 Km., que nadie que no haya corrido una maratón puede imaginar, aunque lo intente.

Bilbao nos recibía con una temperatura agradable, excelente para la época del año, unos 25 ºC, desobedeciendo las previsiones que daban lluvia (o no) y desmitificando eso de que en el norte hace mal tiempo. Se percibía en el ambiente que aguardaba una noche mágica de deporte y diversión. 6.500 corredores participarían en las tres distancias que tomarían la salida a partir de las 21:00 en la explanada del museo Guggenheim, un entorno maravilloso. Una buena manera de conocer Bilbao es hacerlo corriendo y de noche, alrededor de la ría. Nada podía salir mal, a priori.

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Quedaban 4 horas para el comienzo de la prueba. Paseo de reconocimiento por las inmediaciones de la meta. Recogida de dorsales, cruce de miradas de complicidad con otros corredores identificados con sus mochilas rosas del BNM, nos tomamos un café en una terracita, foto que se sube a Twitter, comentarios de ánimos, nervios “in crescendo”… la maratón está aquí.  Ahora sí que sí.

Prácticamente sin descanso, desde las 7 de la mañana en pie, después de un viaje de 6 horas, nos cambiamos, nuestra camiseta de Fondistas recién estrenada, nos calzamos nuestras zapatillas y nos dirigimos a la zona de salida. El ambiente era inmejorable. No podría calcular, pero entre corredores, acompañantes y curiosos, aquello superaba con creces las 15.000 personas. Gente por doquier. Calentamiento suave, estiramientos, con cuidado de no golpear al de al lado y foto de rigor antes de la salida:

Todo listo. 10 minutos para el comienzo. Cara de circunstancias. Tensión acumulada. Tres meses casi, tres meses preparando la maratón, con los compañeros de Fondistas de Miguelturra, que me han ayudado mucho entrenando en grupo por aquellos caminos de las Cañadas. Días duros, en solitario, en grupo, con días con más ganas, días con menos, días con buenas sensaciones, noches con malas, pero listos, al fin y al cabo. Colocados en los cajones (ficticios) de salida. Íbamos a salir 1:30 minutos después de los primeros. Clasificados por tiempos estimados. Ya no podía aguantar los nervios. Deseando salir y empezar a liberar tensiones. Impresionante entorno, música, pantalla gigante, fotógrafos, y la sorpresa, fuegos artificiales y llamaradas en la salida. Sencillamente espectacular:

Comenzamos la carrera con la marabunta buscando posiciones. Marcial tenía ganas de correr para hacer su mejor tiempo, yo no quería dejarme llevar por la inercia de la carrera, pero empezamos demasiado fuerte. La salida, con esa espectacularidad, me emocionaba. Primer Km., 4:28 min. Me empiezo a decir que eso no puede ser, voy aflojando hasta acercarme a los 5:00 min/Km., aún así, era demasiado rápido, porque tenía pensado empezar a un ritmo más lento, a sabiendas de que era muy larga la carrera. Habría tiempo para acelerar. Paso por el Km. 5, por una zona estrechísima de ida y vuelta, donde se aglomeraban los corredores de la maratón que enfilaban la vuelta, los de la Media maratón que buscaban coger posiciones, y se producían embotellamientos. Parece que no fue buena idea desviar la salida hacia esta zona de Olabeaga en los primeros kilómetros porque hubo algunos incidentes, caídas, quejas y muchos nervios.

Yo seguía a mi ritmo, esperando a la liebre de 3:30 h. Me parecía que iba a ser demasiado rápido, así que me descolgué y me quedé en torno a los 5:10 min/Km. Me veía bien. Paso por el Km 10 en 50 minutos aprox. A 5 min/Km de media. Sigo diciéndome que voy muy ligero, pero me siento bien, fresco, cómodo, sin agobios, disfrutando del ambientazo por cada calle, cruzando la ría, yendo hacia el centro de Bilbao por avenidas más amplias, hacia Gran Vía y Pza. Moyua. Gente a ambos lados de la carretera, que te llevaba en volandas. “Aupa Gabi” escuché por ahí. Y lo agradeces, “vamos valientes, Aupa” , “ánimo que no queda nada”. Paso por la media maratón, y mi tiempo no llegaba a 1:50 h. La mayoría se desvía para encarar la meta detrás del Guggenheim, y de repente se hace un vacío, nos quedamos los de la maratón para afrontar la segunda vuelta. Se nota que la gente de la primera vuelta se ha ido para la meta, y que la segunda vuelta, va a tener menos espectadores, como menos corredores. Mis expectativas eran muy optimistas, me vi bien y aposté por hacer un tiempazo en mi primera maratón. Ahora sé que fueron un tanto frívolas, analizándolo con posterioridad. Creo que subestimé la dificultad y lo que es una maratón, que te hace confiarte, te da ventaja, te deja que te engañes y cuando no te lo esperas, llegas al Km. 26 y te das cuenta que tu ritmo va aflojando, se acerca más a los 5:50 min/Km, te adelanta el grupo de la liebre de 3:45 h. Era buen grupo para seguirlo, pero no pude, seguía en caída libre y cerca a los 6 min./Km conforme seguía hacia el Km. 30. Yo me acordaba de los consejos desoídos de Santi, de Pepe, de Agustín, de Juanma… “hay que llegar fresco al Km.30”. Llega el muro. Lo sé, soy consciente, hay que ser fuerte, y esto pasa. ¿Cuánto duraría? Los dolores en gemelos, cadera, y aductores empiezan a agudizarse y me preocupaban. Pienso y me repito: “El dolor es efímero; la gloria, eterna.” Quiero acabar la maratón. Es el único objetivo, toda vez el tío del mazo me había asestado tal golpazo psicológico que me hacía dudar de mi mismo. Sabía que tenía que aguantar, porque no le tenía miedo a la Maratón. Llego al Km. 33 y mi querida compañera de aventura me pregunta qué tal voy, y no atino más que a expresar un gesto de “Pfff, Pfff” pero la cara me delataba. No iba bien. Empezaba a notar calambres en gemelos, tenía que aprovechar los puntos de avituallamiento, para beber, comer algo y estirar gemelos. Un respiro para los dolores, que lejos de desaparecer, insistían y me decían que no me iban a dejar acabar, afilando sus colmillos y hundiéndome en el desánimo con esos pinchazos que notaba en cadera y aductores.

Echaba mis cuentas, no me cuadraban, me quedaban 8 Km., me cruzaba con corredores que no podían continuar, ambulancias del DYA, asistencia en carrera, escuchaba decir a los organizadores a aquel atleta que estaba parado: “si no puedes, no sigas, que todavía te quedan 8 Kms., y va a ser muy duro…” Esos 8 Km finales fueron tremendamente duros. Pasaba por el Km. 35 con un tiempo de 3:19h. Me iba a las 4 horas, que me había puesto de margen. No quería sobrepasarlas, pero no hubo otra opción. Llegaba a meta con 4:13:51 (tiempo neto) después de tener que continuar la marcha andando desde el Km. 40 hasta casi el 42, con parones incluidos, en los que otro sufridor al que animé con la confianza de que nos empujáramos el uno al otro hasta la meta, me decía: “Que no corro más, a tomar por culo, que yo esto lo he hecho en 3:30 h., y hoy no puedo… ” Y no pudo, se quedó, cabizbajo, agachado, doliéndose en la nocturna Bilbao, cerca de un Guggenheim, que aguardaba a que llegáramos todos, mientras que los animadores quedaban dispersos y marchaban de camino a sus casas, mientras se cruzaban, intercambiando miradas, con el reguero de maratonianos que no nos rendíamos. No sé si con miradas de complacencia, de incomprensión, de indiferencia, admiración, o de qué. Un tramo de 2 Km. que hice en 21 minutos, no podía mover las piernas, me costaba mucho andar. Me movía como podía, con rabia y dolor, con la insatisfacción de no cumplir con mis expectativas, quizá demasiado ingenuas, quizá demasiado exigentes, quizá me equivoqué de planteamiento en la carrera, quizá no comí lo necesario, quizá no descansé lo suficiente. Son muchas incógnitas, pocas certezas. Llego a la recta de entrada, y decido entrar corriendo. Ahí están, 195 m. para la gloria. Solo se corre una vez la primera maratón. Ya la tengo. Cruzo la meta y me dejo caer. Me duele todo. Me emociono, mezcla de dolor, rabia, sufrimiento, éxtasis, triunfo. Solo sé que acabé mi primera maratón en la soledad de la noche bilbaína, y que me supo a gloria pasados los minutos, porque la llegada fue dura, y eso engrandece acabar la prueba… Dicen que acabarla es el verdadero éxito, sí. Pero como yo no me sentí como pretendía, me quedé con ese regustillo amargo, que se fue endulzando con el paso del tiempo. Sí, caí en la trampa. Subestimé los 42 kilómetros. Me sirve de lección. Pagué la novatada, pero eso, engrandece aun más la prueba que me ha dicho todo un experto, como Marcial, una y otra vez, que es lo más duro que hay, más que las ultrafondo, más que cualquiera otra.

Es LA PRUEBA de atletismo por excelencia. Indescriptible.

¡Habrá que repetir la experiencia! En cualquier lugar. Madrid está a la vuelta de la esquina.

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